Palacio Al Badii, antiguo esplendor en Marrakech

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Corría el siglo XVI cuando los marroquíes, en la Batalla de los Tres Reyes, vencieron a los portugueses y se apoderaron de cuantiosas riquezas. Fue entonces cuando subió al trono el sultán Ahmed el Mansur, de la dinastía Saadí, y mandó construir uno de los palacios más grandes y lujosos de la región, inspirado en La Alhambra de Granada.

Se dice que ejércitos de obreros y artesanos tardaron veinticinco años en terminarlo; tenía suntuosas decoraciones en mármol de Italia y ónix, sus muros y cielorrasos llevaban incrustaciones de oro, y había un enorme estanque con una isla flanqueada por jardines sumergidos. A este despliegue maravilloso debe precisamente su nombre Al Badii, que significa “el incomparable”.

Tras la muerte de Al Mansur, otro monarca conquistador, Mulay Ismail, demolió el palacio y trasladó las riquezas a su nueva capital, Meknes. Nada quedó en pie, más que ruinas de ladrillos de barro desnudos. Sin embargo, el que hoy contempla esas ruinas puede imaginar la obra grandiosa que fue en su momento.

Cuenta la leyenda que durante un banquete en la época de esplendor del Palacio Badii, uno de los invitados exclamó: “Cuando sea demolido, será una bella ruina”. El Mansur lo oyó asustado; y en efecto, el siniestro vaticinio se hizo realidad.

Se llega al palacio por un angosto corredor entre dos altos muros. En su tiempo de plenitud, el portal llevaba una inscripción alusiva a las glorias del palacio; hoy está en ruinas, y la entrada al complejo es a través de una brecha abierta en el muro.

El patio central está dominado por cinco estanques y cuatro jardines sumergidos plantados con naranjos. De los cinco estanques, el del medio tiene una isla donde cada año, en el mes de julio, se celebra un festival de música, y también se utiliza como sede para el Festival Internacional de Cine.

En un “anexo del palacio” en el extremo sudeste, se exhibe un púlpito (minbar) del siglo XII proveniente de la Mezquita Kutubia, de madera finamente tallada, que es una famosa obra de arte de la España morisca.  Al lado del anexo, un camino conduce a los antiguos establos y fortaleza; se puede entrar, pero los recintos están iluminados sólo parcialmente.

En el extremo noreste está la única torre intacta con una escalera interior que conduce a la terraza, desde donde se puede apreciar la enorme amplitud del complejo. La vista es magnífica, pero no hay protección contra el calor, así que debes tener cuidado de no hacerlo en horas del mediodía, y en todo caso, no olvides una buena provisión de agua.

Los huecos en los muros derruidos son muy apreciados por las cigüeñas de la ciudad que hacen en ellos sus nidos. Se las considera aves de buen augurio, y una antigua creencia bereber dice que las cigüeñas son en realidad seres humanos transformados.

El pabellón Jaysurán, al norte del gran patio, fue en su tiempo el harén del palacio; hoy se utiliza como sala de exhibición con muestras de obras de artistas locales y extranjeros radicados en el país.

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